Rosalía
Dios. Destreza, Dolor y Distancia.
Rosalía se eleva. Van 00:49 segundos de Lux y repite la estrofa inaugural: Quién pudiera vivir / Entre los dos / Primero amaré el mundo / Y luego amaré a Dios. Solo que a diferencia de la primera vez, en ese “vivir” que pide el sucio trino de castañuelas pero es acompañado por unas cuerdas mortuorias, salta a un agudo que le exige destreza técnica. El efecto es tan viejo como escuchar: se percibe como ascenso el paso de una nota grave a una aguda (y, por el contrario, un descenso en el paso de una aguda a una grave). Es algo que se siente en el cuerpo cuando se canta y cuando se escucha pero también es una convención musical: en la partitura las notas graves van abajo y las agudas arriba. Cuanto más distancia entre dos notas, más alto el ascenso (o bajo el descenso). Rosalía que canta como pocos (maneja alturas, podríamos decir) se eleva apenas comienza el disco, es una soprano diestra y doliente. Estira la segunda “i” de “vivir”, aguda, agudísima (alta, altísima) llega a una nota a la que solo los elegidos podrán llegar a través de una vocalización perfecta. Un salto del Mundo a Dios, que prefiere hacerlo sola: nadie puede cantar con, ni como, ella. Rosalía, bíblica, comienza su parábola. Como una santa, como una mártir de sus propias acciones. Su voz es el vapor desprendido de una carne rota. Solo queda contemplar y sentir hasta encontrarla en la catarsis.
Porque Rosalía siempre ha sido su voz antes que cualquier otra cosa. Ya en la gira de Motomami, su disco bailable, el momento del recital, ahora premonitorio, era su versión de “Perdóname” (La Factoría ft. Eddy Lover), donde suspendía el baile y cualquier despliegue físico para ser puro drama y canto en su pedido de absolución. Pero también podría tomarse uno de los grandes hits de ese álbum (cuya portada es todo lo opuesto al más reciente: en aquel mostraba el cuerpo y escondía a la cara, en este muestra la cara y esconde el cuerpo), el menos demandante desde lo vocal, para despejar cualquier duda sobre el poder de afectación que Rosalía es capaz de aplicar a cualquier cosa. Basta con escuchar como carga de expresividad un pollo teriyaki (que en Lux tiene su correlato gastronómico en el Sauvignon Blanc). En la voz de Rosalía, todo puede contener emoción: hasta el menú de un restaurante, hasta las palabras inaccesibles de los 14 idiomas que canta en Lux. Porque si la destreza vocal marca distancia (es un disco que no se puede cantar, porque nadie puede cantar como ella) el poliglotismo maximiza el extrañamiento. No importa el significado de las palabras sino su sonido, su música, de. Se recupera el costado sonoro de la palabra para quien lo escucha, y eleva a Rosalía como la única capaz de predicar su mensaje (algo propio del método religioso si se tiene en cuenta que recién en 1965 la Iglesia Católica aceptó que las misas se dieran en lenguas vivas como el español y el italiano, abandonando así el latín y con ello el monopolio del entendimiento de la palabra de Dios en manos de los clérigos). Liberadas –o acorraladas antes– del significado, las letras de Lux importan por su música y Rosalía se muestra más efectiva con su voz que con las palabras para representar las ideas de dolor y expiación que atraviesan el disco. Es una gran cosificadora en el sentido más radical del término: la cosificación como búsqueda del lenguaje propio de la cosa (la palabra en este caso), borrando de ella la primacía del sentido y el significado.
Si la interpretación, que muchas veces en la música popular parece darse al mismo tiempo que la composición (en el jazz como verdad constitutiva pero también en Mercedes Sosa, por caso), es lo suficientemente expresiva y está bien conducida, las palabras, desprovistas de su significado, valen por su resonancia. Rosalía se aproxima a un naturalismo de la palabra, como expresión de algo no expresado por el lenguaje significativo. El compositor austríaco Arnold Schonberg ya abordaba la relación de esencia conflictiva entre música y letra con claridad hacia 1912 cuando se refería a su abordaje de los lieder (canciones) de Schubert: “Parecía que, sin conocer el poema, yo había captado el contenido -el contenido real- y quizás de una manera aún más profunda que si me hubiera aferrado a la superficialidad de los pensamientos expresados en palabras”. No es necesario saber qué canta Rosalía para sentir lo que transmite.
Esa plurinacionalidad manifiesta en los 14 idiomas es también una forma de amar el mundo que se propone conseguir en los versos iniciales del disco. Una forma de amar que no esconde su carácter voraz en términos de la música pop (casi cualquier persona del mundo encontrará allí algún verso que le hable en su idioma) pero que dota a Lux de cierta horizontalidad ante tanto verticalismo sonoro y conceptual en ese de la Tierra al Cielo ida y vuelta durante casi 50 minutos.
Amar el mundo le presenta más dificultades que amar a Dios, no solo en las letras, sino en la claridad y limpieza con la que lo celestial-religioso está representado musicalmente y las sustracciones a las que somete todo ritmo telúrico. Así como en la letra de “Reliquia” lo que sobresale es la pérdida (las manos en Jerez, la sonrisa en UK, el tiempo en L.A. un mal amor en Madrid), va a ser la música más terrenal la que pierda cosas, sobre todo el beat. “Porcelana”, cantada en inglés, español, latín y japonés, es un trap con todos sus abismos de dopamina (“El placer anestesia mi dolor, el dolor anestesia mi placer”) pero al que le sacaron la 808. Hay cuerdas que rozan lo atonal, una voz con autotune procesada y ultraeditada, percusiones tribales y un coro celestial. Rosalía dice que te puede elevar o te puede humillar, te puede curar o te puede envenenar. Acá no hay graduación dramática: es como si todas las conclusiones le hubiesen llegado de pronto.
“La Perla” es un vals sin elegancia. El tema más cantable de Lux deja de lado toda grandilocuencia y búsqueda de ascenso para centrarse, por única vez, en un otro que no es Dios. Más cerca de las BZRP Sessions de Shakira versus Piqué y de Residente versus J Balvin, Rosalía le dice a un ex (todo indica que a Rauw Alejandro) que es un terrorista emocional. El tema, una interrupción en el viaje a la salvación, no ama ni al mundo ni a Dios (ok, el amor no siempre vence al odio) pero tampoco emancipa a Rosalía, que con “Despechá” ya había dado al mundo su himno al despecho cargado de autodeterminación y libertad. “Mundo nuevo” es un flamenco sin tablas, “De madrugá” es un drum&bass sin drum y con poco bass en el que Rosalía canta como si fuese latido y jadeo: “La cruz en el pecho calibra mi cuerpo”. “Dios es un stalker” es un reggaetón rengo en el que la protagonista reconoce caer en la tentación del stalkeo y ahí, en ese acto mundano de hedonismo deprimente, conecta y se congracia con Dios: “La omnipresencia me tiene agotada”.
Si los momentos de canto virtuoso que vehiculizan la búsqueda celestial del disco son incantables, estos momentos terrenales se hacen imbailables por la pérdida o enrarecimiento del beat. [Lo había predicho Pablo Schanton en su columna en Revista Viva]. Es como si Rosalía hiciera aquí música para ser contemplada. Y entonces su gran herejía pop de Lux: privar al oyente de cuerpo y canto. Una anti-Madonna. Si la reina del pop le manifestaba su devoción al estilo partiendo siempre de un sonido netamente pop para pervertir el campo de imágenes religioso (el video de “Like A Virgin” con las cruces invertidas y la tentación del Jesús negro y la pista de baile como lugar de confesiones), Rosalía (¿vestida de monja es la Hermana Pop?), plantea una devoción religiosa para pervertir las verdades del pop: ser bailable, ser pegadizo. Ahí donde Madonna, en su condición central de blanca y angloparlante, ha sido la gran formalista del pop, Rosalía, regional de todas las periferias, es la contenidista de un sonido omnívoro y anfibio que pone al pop al borde de cometer su máximo pecado: aburrir.
Porque Lux no deja de ser un disco pop. Por más que esté dividido en cuatro movimientos como una sinfonía, cuente con la orquesta sinfónica de Londres, esté repleto de arreglos corales y de drama operístico, los recursos de un sonido antiguo no atentan contra los preceptos del pop, que tiene su propia definición para lo original. En él, lo nuevo no siempre supone un nuevo material, sino un campo productivo, y sobre todo perceptivo, donde las convenciones pueden transcurrir de diversas maneras. El pop es un ejército voraz que en cada batalla busca ampliar su territorio, a riesgo de perder especificidad. Y Rosalía, la contenidista, encuentra la especificidad del pop en su carácter propulsivo que es el que le da forma a sus canciones (escuchar “Berghain”, sobre todo) y no al revés (en Madonna la temática se somete al destino que la forma-canción, con el estribillo como clímax recurrente, le impone). En Lux, la propulsión es tal que las canciones parecen tener más duración que ritmo. Y el baile se manifiesta como una promesa que, remix mediante, aguarda ser cumplida.
El canto, por su parte, no es promesa sino devoción. La voz incantable —que muchas veces dice además palabras bien entendibles— planteará como consigna (difícil de asimilar en estos tiempos donde todo parece limitarse a encontrar la refe) el goce de no entender. Sumado a las orquestaciones repletas de cortes bruscos de edición que ponen la tecnología al servicio de la intensidad expresiva, hacen que la identidad pop de Lux sea una identidad inmaterial, no porque transcurra en un plano imaginario o abstracto, sino por la comprobación de que podría soportar las incursiones sonoras y vocales menos cercanas. Los agudos de Rosalía, impropios de la música popular, terminan por cumplir un efecto de extrañamiento y representación que lo emparenta al autotune, aunque por lo opuesto. Si el autotune intensifica esas emociones que por tan extremas no pueden decirse con el cuerpo humano, la voz de Rosalía es la posibilidad excepcional, humana demasiado humana, de decir algo en una manera que el resto de los mortales no puede imitar pero sí puede reconocer. Una mímesis que no imita ni puede ser imitada, diría Adorno, sino que expresa la idea de esa emoción en su forma más profunda y por eso gana poder representacional.
Sin defensa pero lanzada a una misión que supera sus límites, Rosalía atraviesa en Lux una verticalidad conflictiva que no borra las distancias. Lo solemne y lo cursi conviven, no siempre de la manera más pacífica, como gesto de modernidad, como “conjunto de incompatibilidades coexistentes” (Sarlo). Hay más búsqueda de equilibrio que de ascenso, de punto único entre una lucidez espiritual y una lucidez kitsch (“No soy una santa pero estoy blessed”, canta en Reliquia y en “Berghain” pone a Björk a hablar sobre la intervención divina para que después Yves Tumor cite a Mike Tyson: “Te voy a coger hasta que me ames”). Incluso cuando afirma, Rosalía lo hace exhibiendo un conflicto. Su voz, con belleza arcaica y animalidad inaccesible, se eleva. Pero lleva consigo el temblor de la existencia.





Me encantó el texto, aunque no coincido del todo con la idea de que los temas más terrenales, por no ser bailables, puedan volver el disco aburrido.
Sí es cierto que esa mezcla entre lo celestial y lo terrenal, en la primera escucha, me chocó un poco, como si no terminara de comulgar del todo para dar como resultado un disco homogéneo.
Si me pasa que termino quedándome más con la parte celestial, aunque Porcelana me encanta.