Perder
D'Angelo
“Porque también somos
lo que hemos perdido”
(Amores Perros, 2000)
D’Angelo se miró al espejo y dijo: “No me parezco al del video”. Y se puso a hacer una hora y media de abdominales aunque el show debía comenzar de inmediato. La historia, según cuentan sus compañeros de banda de aquella época, sucedió en algún momento del año 2000, en plena de gira de Voodoo, el segundo disco de estudio de D’Angelo, que primero lo confirmó como genio y sex symbol y después lo condenó a ser uno de los grandes misterios de la música popular del cambio de milenio. Había vendido millones de discos, se había ganado el respeto definitivo de la música negra (desde Prince a todo el hip hop), era el gran exponente del neo-soul y había superado un bloqueo de compositor de 5 años. Pero los tiempos post Voodoo se dilatarían aún más. La gira de presentación no llegó a 2001 y D’Angelo desapareció por más de una década.
El video que se había vuelto un espejo condenatorio era el de “Untitled (How Does it Feel)” y mostraba a D’Angelo en un plano medio, con el torso solo cubierto por gotas de sudor y un crucifijo: pectorales, abdominales, bíceps, todo marcado. Detrás, fondo negro. La cámara comienza por planos detalle, se abre y logra frenar justo ahí donde empiezan las partes censurables –los glúteos hasta la mitad, la pelvis pero no el pubis–. La estrategia era llegar al límite de lo que permitía la televisión en horario de protección al menor. Si Cerati iba a samplear a D’Angelo dos años después (“No te creo”, 2002), acá D’Angelo parecía subvertir a Soda Stereo sin conocerlos: el zoom anatómico no iría hasta el fin sino hasta el principio del secreto. Era un Adonis para MTV.
La letra de “Untitled (How Does It Feel)” —como tantas otras de esa y todas las épocas— hablaba sobre proveer, sobre las habilidades sexuales del protagonista y también sobre el amor, ese enredo de entregas recíprocas pero de motivos dispares. Solo que aquí la manera en la que D’Angelo canta es cualquier cosa menos una exaltación narcisista. Al contrario de otros hits del año 2000, la voz se hunde en la música (banda) que lo acompaña. No es Backstreet Boys, N’Sync, ni Britney Spears, tampoco la introspección violenta y verborrágica de Eminem (“The Real Slim Shady”) ni el descontento generacional incel-con-anabólicos de Limp Bizkit (“My Generation”). En todo caso, por seguir con lanzamientos del 2000, se asemeja más a la descentralización individual de Radiohead en Kid A, aunque sin la alienación paranoica —despigmentada y asexuada— de Thom Yorke en la era del Y2K. D’Angelo suena sexy y vulnerable, al borde de caerse de todo: del timbre, de su género, de su humanidad, jamás de la afinación. La técnica está al servicio de licuar su ego, no para hacerlo desaparecer sino para redimirlo. D’Angelo, que se había criado en una iglesia católica pentecostal, una religión que promueve los bautismos de inmersión cuando el ser humano ya es capaz de decidir por sus propios medios su norte espiritual, había dado ahora con un soul inmersivo. Si el bautismo pentecostal simboliza el renacimiento espiritual con Cristo impregnado por completo en el sujeto bautizado, en “Untitled” se escucha un cantante dispuesto a renacer como parte de la música, que ya no suena detrás de él, sino en él. La melodía se chorrea entre la batería, el bajo y los teclados, que suenan brillosos, barnizados en una libido unificadora. Es como si la música mordiera los rebordes del placer y volviera a encauzarse, se desparrama en busca de un clímax que prefiere no encontrar pero pretende que sí. O que ya encontró pero se niega a aceptar como punto de llegada. El clímax, punto cúlmine del narcisismo, es aquí una ausencia, algo que ya pasó o que tal vez suceda. Una ausencia que le recuerda a D’Angelo su misión y su precio: si su música ha de ser trascendental, la condición es aceptarse vulnerable. Y así es como la canción se inscribe en el soul pero con ritmo y extensión de blues. Por un lado el soul (“alma”), una música que busca elevarse a través de una interpretación tan sentida que sublima, por el otro el blues (tristeza), un canto a las penas y pecados que ese alma vive en la Tierra. Lo dice cualquier religión: para el alma, la carne es pérdida.
Espiritual sí, terrenal también. Durante todo el año 2000, D’Angelo no pudo desprenderse de ese videoclip que lo mostraba tan fácil de cosificar que se había vuelto el contrapunto de la propia canción. Cada vez que salía al escenario, el público le gritaba: “Sacate la remera”. Querían verlo desnudo. Le tiraban monedas como si fuera un stripper.
Sus inseguridades —esa forma flagelante en la que se manifiesta el deseo— lo llevaron a poner un freno. Se fue a un bosque, se encerró a tomar alcohol y cocaína. Se alejó de la música, de sus amigos. Perdió gente querida, entró y salió de rehabilitaciones, de causas judiciales por excesos de consumo y tenencia, estuvo detenido por ofrecer dinero a cambio de sexo a una agente encubierta. Se rompió todas las costillas del lado izquierdo en un accidente automovilístico. Durante 12 años, D’Angelo fue desperdicio, incógnita y olvido. Su regreso pasó de ser una espera a una improbabilidad.
Recién en 2014 publicó Black Messiah, el tercero y último de sus discos de estudio. Habían pasado 14 años de Voodoo y ahora la portada mostraba una multitud de manos alzadas, era el año del Black Lives Matter. D’Angelo ya no mostraba su cuerpo, como todo mesías, se guardaba para sí el beneficio de la ausencia. El álbum, de hecho, tiene la mugre y la fuerza de una movilización. Ya no hay un ascenso al cielo sino un ir hacia adelante, una expedición urbana a los límites del ritmo. La individualidad se pierde en el pulso horizontal de la calle. En la voz de D’Angelo resuena la vibración de un asfalto ardiente.
Así volvía D’Angelo. La canción que da comienzo a Black Messiah se llama “Ain’t That Easy” y empieza con un groove espeso y reverberante impuesto por una guitarra, la primera estrofa la canta un coro. Cuando queda solo, D’Angelo —que entonces tenía 40 años y que este 14 de octubre murió a los 51, víctima de cáncer de páncreas—. Cuando queda solo, D’Angelo —que no quiso, no pudo, ser la estrella del nuevo siglo—. Cuando queda solo, D’Angelo —que en el final de “Untitled (How Does It Feel)” había quedado suspendido entre la Tierra y el Cielo en un ascenso que nadie sabe donde termina—. Cuando queda solo, D’Angelo —ahí en esa canción que se llama “No es fácil” y con la que volvió después de 14 años de probar todos los venenos— Cuando queda solo, D’Angelo canta, como un halo de belleza que se filtra en las hendijas de una noche ruidosa “No vas a creer todo lo que tenés que sacrificar para conseguir un poco de paz”.




