Ozzy Osbourne
volver a casa
Da miedo lo que es fácil. Allí un mérito occidental y cristiano: la facilidad del infierno. Tiene su lugar y sus colores. Tiene un anfitrión. Y cualquier educación religiosa enseñará que solo hace falta desviarse apenas del camino correcto para encontrarlo. Con el Paraíso ocurre algo similar. Es fácil de ubicar. Una abundancia de espacio y bienestar celeste allá arriba, tan arriba y tan infinita que el cielo es sinónimo. El purgatorio también es fácil. Una pequeña demora, una aduana dónde terceros debaten el destino final del alma recién llegada. El último comparecimiento ante la angustia de la espera.
Tema recurrente del arte: cómo ecualizar la Vida, que siempre y solo es en el medio.
1970. El verano del amor había quedado lejos. Se separaban los Beatles y Lennon solista cantaba que el sueño se había terminado. Con ello el hippismo, al menos en términos simbólicos. La cosa se tenía que poner oscura y concreta. Por suerte, el tedio no vence al odio. El amor, vamos viendo.
Tema recurrente del heavy metal: cómo ecualizar la Vida con otras tres V: Velocidad, Volumen, Violencia.
Ya estaban Deep Purple y Led Zeppelin. Los primeros con más velocidad, más música clásica y virtuosismo académico. Los segundos con más volumen, como los describe Pablo Schanton: “para Led Zeppelin, la electrificación y decoloración étnica del blues siempre debe ser épica, descomunal e intimidatoria”. Faltaba Black Sabbath, cuatro parias de Birmingham que encontraron la forma del sonido más violento jamás escuchado hasta entonces. Hasta 1970 se podía dudar de la existencia de algo llamado heavy metal. Zeppelin o Purple podían ser vistos como continuaciones naturales y técnicas de una escuela anterior. Con el debut homónimo de Black Sabbath, no quedaron dudas. Una batería seca como un martillo neumático. El bajo: las tripas revueltas de una bestia antediluviana. La guitarra de Iommi que había recuperado las armonías espesas del infierno.
Y la voz. La voz de Ozzy Osbourne, que murió ayer 22 de julio de 2025 a los 76 años pero que en 1970 tenía 21, y venía de un cuerpo abusado sexualmente por compañeros de colegio, que había intentado suicidarse en su adolescencia y que vivía en la casa pobre de su familia obrera. La voz de Ozzy no era la de Robert Plant, el anti-castrati que de tanto agudo encontró el pico de virilidad. Tampoco la de Lemmy Kilmister (Motörhead), que en su gravedad arenosa sobrepasó los límites de lo prosaico. Ni la de Rob Halford, la versatilidad extrema como liberación sexual. La voz de Ozzy, lejos del registro virtuoso, era el grito maniatado en una zona definida solo y solamente por los límites del drama.
Lo primero que escuchamos de Ozzy Osbourne es una pregunta. 1970. Black Sabbath la banda, Black Sabbath el disco, “Black Sabbath” la canción. Tan fácil de ubicar como las cosas que aterran. La pregunta: “¿Qué es eso que se para frente a mí? / Esa figura negra que me señala”. La voz de Ozzy encarnaba el miedo más que provocarlo. O tal vez lo provocaba por eso mismo, porque miedo es saber que otro lo sufre y el próximo podés ser vos. Un personaje que le pide ayuda a Dios, un personaje que no ansía la muerte, quiere escapar de ella. Bien lejos del quietismo, Black Sabbath iba para adelante, propulsados a confirmar que la vida es mucho más que un yerro. Y en ese escape se construye marca y angustia: en la voz de Ozzy habita un gusto anticipado del infierno.
Durante más de 50 años de carrera y vida pública, Ozzy vivió enfrentado a esa pregunta de la cual ya sabía la respuesta. Entonces, a coquetear: a veces con curiosidad y peligro, otras veces a una distancia prudente. Pero siempre con pulsión de vida. Junto a Black Sabbath entregó una seguidilla de discos inobjetables entre el debut y Sabotage (1975). Seis álbumes que son el primer gran códice del heavy metal. Fueron ocultistas, tóxicos, dementes y pacifistas. “Children Of The Grave” para ir a las profundidades, “War Pigs” como himno antibélico, “Sweet Leaf” y el comienzo con tos de porro, “Snowblind” como metáfora bien directa de la cocaína, “Paranoid” y los límites de la sanidad mental. Ozzy iba a ser apodado “El Príncipe de las Tinieblas” pero en la portada de Vol. 4 aparece en filtro naranja monocromático, abriendo los brazos como si fueran las alas de un murciélago y los dedos en V en pose de Paz y Amor. Ozzy no era más que un hippie condenado a un invierno interminable. La voz aguda y temblorosa, de insomnio, de esquirlas de luna llena, de ese momento de la noche en el que a las personas se le ocurren ideas que preferirían no tener.
En la década siguiente la fama le dio masividad y le quitó misterio, de cualquier modo se las arregló para agigantar su mito. Le arrancó la cabeza de un mordisco a un murciélago en pleno escenario, se dice que hizo lo mismo con una paloma en las oficinas de una discográfica y que se esnifó una fila de hormigas junto a los Mötley Crue. En 1982, se salvó de casualidad de no morir en un accidente aéreo que sí terminó con la vida de Randy Rhoads, un prodigio de 25 años que se había convertido en el guitarrista de su banda solista. Ozzy contó alguna vez que en la última charla que tuvieron, Rhoads le dijo que si seguía tomando tanto alcohol, se iba a morir pronto. Por suerte para Ozzy, en ese mismo 1982 fatídico, estaba Sharon. Su esposa, su manager, su ladera, su compañera, su domadora de placeres intranquilos. Ozzy continuó la faena de buenos discos y acuñó hits en el período 1980 - 1995, entre el heavy metal, el hard rock y algunos tintes góticos.
También tuvo un reality show con toda su familia. Allí se lo vio como padre y payaso. Su obra decayó y también sus performances, como aquella en River en 2008. Disminuido físicamente, visto en la obligación de entretener a toda costa. Mostraba el culo, tiraba baldes de agua, respiraba fuerte, cantaba poco.
Hubo redención. Sharon le había organizado el Ozzfest para que pudiera girar junto a bandas nuevas y masivas que le debían a Ozzy su ser y sentir. Tuvo su mejor regreso con Black Sabbath en 2013. 13 fue un disco a la altura y la gira también. La Plata primero y Vélez después fueron las paradas argentinas del aquelarre metalero. Hacía 10 años que había sido diagnosticado con Parkinson, se sabría mucho después. Qué importa. El heavy metal es el lugar que lo ejercitó para disimular la debilidad. Ozzy nos enseñó. A los de 1970 y a los del 2000 también.
La historia del rock tiene como pico máximo de final épico de carrera la versión de “Unchained Melody” que Elvis Presley interpretó al piano el 21 de junio de 1977, poco menos de dos meses antes de morir. Es la despedida perfecta para quien fuera el galán perfecto. Ya lejos de su mejor forma, con sobrepeso, sudoroso y errático, se ilumina como si por esos minutos volviera a ser el de siempre. Clava las notas, la voz intacta, todo suena redondo, canónico. Elvis sonríe a cámara por un segundo y recupera la juventud, casi con sorna, como si dijera: “Todavía tengo eso que nadie más. Lo voy a tener para siempre”. La voz era su condición de ser.
Ozzy jamás pudo cantar como Elvis ni morir joven, aunque sí lo empató en eso de vivir rápido. Y en lo de tener una despedida a la altura del mito. Cantó por última vez en un escenario dos semanas antes de morirse. El show tuvo como nombre: “De regreso al inicio”. Fue en su Birmingham natal, junto a Black Sabbath, a su banda solista y junto a un montón de artistas que lo idolatran, le agradecen y lo acompañan en la despedida. De todos los momentos del show, hay uno que va a quedar ahí, para siempre.
Sentado en un sillón en cuyo respaldar un murciélago de madera abre las alas. El cuerpo de Ozzy tiembla por el Parkinson, su voz tiembla porque vivió. Todo es negro excepto su piel fantasmal. La canción es “Mama I’m Coming Home”, cuya letra escribió su amigo Lemmy Kilmister. Ozzy aferrado al micrófono, su pierna izquierda no para de moverse, canta, grave y áspero, que vuelve a casa pero que no es el mismo de siempre, le dice al Tiempo que podría haber sido mejor amigo con él. Metaleras y metaleros intuyen y lloran. Él mira hacia adelante y a los costados, todos están ahí por él, por sus canciones, por todo eso que no suena y que hace que el rock importe. Pocos, muy pocos, le han dado tantas capas de fuerza a una cultura que jamás se sostuvo por la técnica ni la perfección sino por la posibilidad fantástica de que hay un lugar de encuentro para el que se siente por afuera.
“No me importa el sol porque estoy volviendo a casa”, cantaba el padre del heavy metal. La voz de Ozzy, que por última vez le abría a la vida una herida luminosa.
Volver a casa solo es cuestión de tiempo.
Tal vez por eso da tanto miedo.




