Los Piojos
y la fantasía de la amistad
Escuchamos rock para creer en algo. Porque queremos jugar por un rato a un verosímil que nos saque de eso que llamamos la realidad. Como cuando vamos al teatro y jugamos a creer que el actor no es un actor sino el mismísimo Romeo y la actriz no es una actriz sino la mismísima Julieta. Como jugamos a creer que Leonardo Di Caprio es el mismísimo Jack y Kate Winslet es la mismísima Rose. Y que eso que se está por hundir en un océano de frío muerte y eternidad no es una maqueta en una pileta sino es el mismísimo Titanic en el Atlántico.
El rock, así, en genérico, ofrece muchos verosímiles (y cada fan además podrá fabricarse el propio). El punk su verosímil nihilista, el heavy metal su violencia redentora, el psicodélico la liberación constante, la new wave su reformulación de futuro & frescura. Y así. Pero también hay en una instancia previa, un verosímil que se forma en las entrañas mismas de las condiciones humanas de producción del rock: el de la amistad como motor para cualquier cosa. En primera instancia, una banda de rock se nos presenta, voy a simplificar, como un grupo de tres, cuatro, cinco amigos que se juntaron en un garage, en un altillo o cualquier ambiente con enchufes, a hacer canciones e imaginar juntos. Imaginar algo que no tiene por qué ser eterno ni épico. Puede ser mínimo, próximo y prosaico. No Da, la banda punk de América —el pueblo en el que nací y viví hasta los 18 años— se formó cuando cuatro amigos escucharon que había un festival en una ciudad cercana. Iban a ir como público pero se enteraron que para las bandas habría cerveza gratis. Entonces fueron como banda. Cuatro amigos que ahora eran también un cantante, un guitarrista, un bajista y un baterista. Una transformación personal y grupal a través del rock con el objetivo de emborracharse gratis.
No es que otros estilos sean ajenos a la amistad o no la promulguen. Pero, por ejemplo, una orquesta sinfónica se arma mucho más por audiciones y meritocracia y los grupos folklóricos más por linaje (los Ávalos, los Carabajal, los Saravia, las Pastorutti, padres, hijos, sobrinos, tíos, nietos, abuelos, primos, hermanas). A la inversa, tampoco es que el rock no sepa de audiciones (Serú Girán) y linajes (La Renga, Oasis). Pero el rock ha hecho del culto a la amistad parte constitutiva de su entidad más que ningún otro estilo.
Es como si las bandas de rock fueran una extensión de ese lazo preadolescente. Una reconfirmación de que quienes te acompañaron en tu coming of age lo harán de por vida. Robarle mandarinas al vecino y hacer canciones siempre es mejor con amigos. Y cuando somos público de rock, también. Aunque sea por un instante, lo que dura un recital, lo que dura la canción de Los Enanito Verdes en una previa el 20 de julio. Elegimos que la amistad sea también puesta en escena (y no quiere decir que no se sienta de verdad). Ir a ver a una banda en vivo es exponer el pathos de la amistad en su versión más real, más carnal y también más exacerbada. Amigos performando la amistad. Una voracidad del sentir.
Las bandas que regresan después de una separación prolongada no me generan un rechazo taxativo. Mi oposición será, en todo caso, a posteriori. Me he reconciliado con amigos con los que me peleé, con otros jamás volvería a hablar. Y no soy quien para cercenar ese arco de posibilidades a cualquier otra persona, ni a cualquier banda de rock. Si la mayoría de las bandas han fallado en entregar segundas partes interesantes es más por incapacidad de reconstrucción que por una lógica intrínseca del proceso en sí. Esto sin mencionar los motivos económicos que propulsan la gran mayoría de los regresos. Oh, el materialismo dialéctico. La foto, la rememoración de un pasado honorable pueden servir como propulsión a un nuevo futuro, a nuevos objetivos, pero el rock hace rato que no está hecho de futuro.
El regreso de Los Piojos me importa poco en términos de nostalgia porque mi acercamiento a ellos no fue mucho más allá de Tercer Arco y tocar “Tan solo” en el bajo. Después vi a Ciro solista varias veces pero siempre por trabajo. Así que no me duelen las idas y venidas entre sus integrantes. Tampoco me divierte ni voy a consumirlo como un programa de chimentos. Que si Micky tiene razón, que si los otros lo dejaron de lado, que si Micky siempre estuvo al tanto de todo, que los códigos, bla. El verosímil del rock como posibilidad de amistad, vapuleado por tipos de más de 50 años dedicándose stories de Instagram… que honrar la amistad sea también honrar sus grietas.
Pienso que los fans de Los Piojos (por más grandes y curtidos que estén) no se merecen el arrebato de esa fantasía. “Compré las entradas pero esto me la baja”, me dijo un amigo. Y sí. Ningún fan va a dejar de ir a ver a Los Piojos porque falte su bajista (en un show de Los Fundamentalistas faltan todos Los Redondos y así y todo van decenas de miles de fans). El fetiche de la melodía todo lo puede, pero también la celebración de la amistad. “Vuelve el ritual”, dice la publicidad del regreso de Los Piojos. Y entonces ahora tendrán que reajustar parte del simbolismo sacro de ese ritual porque hay toda una parte que se rompió y perdió todo su valor. Por más que nadie se ponga a pensar seriamente que Ciro y el resto son amigos, este regreso suponía entregarse a un pacto verosímil, al que miles de personas estaban dispuestas a jugar. Ir con amigos a ver una banda de amigos siempre fue un guiño implícito para un recital de rock. Pero todo quedó tan barato, tan chiquito... Para peor, el regreso de Micky después de todo lo que dijo y lo que le dijeron, de lo que amagan a decir, de lo que sucedió o no sucedió, es aún probable. Porque la palabra ya no importa. La mayoría de las palabras que escribieron las partes, de hecho, solo estuvieron publicadas por 24 horas y ahora sobreviven en una captura de pantalla, el carpetazo de época.
El poder de representatividad del rock en 2024 está bastante disminuido. No me parece mal, ni irreversible, ni llorable. Y quienes más hacen por romper lo poco de ejemplar que aún conserva son los que alguna vez lo construyeron y vivieron de esa construcción, siempre heredada a menos que seas un Beatle, un Rolling Stone o Bob Dylan. Desde la misoginia y derechización de Calamaro disfrazada de incorrección política hasta la infantilidad de Los Piojos (ni que hablar de Jane’s Addiction pero quién va a esperar dignidad ahí) disfrazada de códigos y honores, el rock se muere más por eso que porque el sonido de época tenga autotune y base de reggaetón.
Cito a Cesare Pavese citado por Leila Guerriero: “Nunca más deberás tomar en serio las cosas que no dependen solo de ti. Como el amor, la amistad y la gloria”. Vamos a un recital de rock para jugar a (o recrear) la fantasía de que amistad, amor y gloria POR SUERTE no dependen solo de uno, pero que son posibles y vamos a tomarlos en serio. Aunque sea por unos minutos. El amor, la amistad y la gloria se nos pueden romper contra nuestra voluntad, ya estamos lo suficientemente grandes como para saberlo. Pero que de eso se encargue la vida. Y que el rock sea fantasía de lo contrario. En este mundo traicionero y digital, no sería poca cosa.




